Que nadie se quede fuera

Dámaso Anaya dijo una frase que debería ser una obligación elemental del Estado mexicano: ningún joven se quedará sin cursar bachillerato.

 

Suena simple.

 

Pero en un país donde miles de adolescentes abandonan la escuela antes de llegar a la universidad, esa frase tiene una carga enorme. Porque no habla sólo de abrir salones. Habla de cerrar la puerta al rezago. Habla de evitar que una generación quede atrapada entre la falta de espacios, la falta de dinero, la falta de opciones y esa resignación social tan mexicana de decir “pues ya ni modo”.

 

No. No es “ya ni modo”.

 

Es ahí donde una institución pública tiene que intervenir.

 

Y la Universidad Autónoma de Tamaulipas, bajo la rectoría de Dámaso Anaya Alvarado, está entrando a un terreno estratégico: fortalecer la educación media superior.

 

La UAT no se está limitando a pensar en licenciaturas, posgrados, investigación o acreditaciones. Está mirando un tramo educativo que muchas veces define el futuro de un joven antes de que siquiera pueda imaginar una carrera profesional.

 

El bachillerato es una frontera.

 

Quien lo cursa tiene más posibilidades de llegar a la universidad, conseguir un mejor empleo, ampliar su visión del mundo y construir un proyecto de vida. Quien se queda fuera empieza a cargar una desventaja que después se vuelve más difícil de remontar.

 

Por eso importa el compromiso de llevar la matrícula de la Preparatoria UAT Nuevo Laredo hasta los mil 200 estudiantes.

 

No es un número frío.

 

Son mil 200 jóvenes con un espacio para estudiar. Mil 200 historias familiares. Mil 200 oportunidades de evitar que el abandono escolar les robe futuro antes de tiempo.

 

En Nuevo Laredo, la Preparatoria UAT recibió en 2025 a más de 300 alumnos a pocos meses de haberse creado. Ahora, con la colaboración estratégica del Gobierno Municipal, la Universidad busca aprovechar la capacidad del plantel para multiplicar esa cobertura.

 

Ahí hay una decisión correcta.

 

Nuevo Laredo no es cualquier ciudad. Es una frontera dinámica, compleja, industrial, comercial y socialmente exigente. Una ciudad donde la juventud necesita opciones reales, no discursos decorativos. Donde el acceso a la educación puede marcar la diferencia entre integrarse a una trayectoria de desarrollo o quedar expuesto a los riesgos de una frontera que no perdona la falta de oportunidades.

 

Dámaso Anaya entiende que la UAT tiene que estar ahí.

 

No como espectadora. No como institución lejana. Sino como una Universidad que acompaña a los jóvenes desde antes de la licenciatura.

 

Porque formar profesionistas también implica preparar el camino para que esos futuros profesionistas puedan llegar.

 

Y ahí la educación media superior se vuelve clave.

 

El rector dijo que este esfuerzo responde al llamado de la presidenta Claudia Sheinbaum y del gobernador Américo Villarreal para ampliar la cobertura en bachillerato. Esa alineación importa, porque cuando la Universidad, el Gobierno Federal, el Gobierno del Estado y los municipios trabajan sobre una misma prioridad, las posibilidades de impacto crecen.

 

Claro, siempre y cuando no se queden en la foto.

 

Porque México está lleno de convenios firmados con sonrisa amplia y resultados chiquitos. Convenios que nacen con pluma fina, carpeta institucional y mueren en algún archivero, entre el polvo y la frase “se dará seguimiento”.

 

Aquí la vara debe ser otra.

 

La meta de mil 200 estudiantes en la Prepa UAT Nuevo Laredo debe traducirse en aulas dignas, docentes preparados, acompañamiento académico, infraestructura suficiente y una ruta clara para que esos jóvenes continúen después hacia la educación superior.

 

Ese es el verdadero reto. No sólo inscribirlos. Sostenerlos. Motivarlos. Orientarlos. Hacerles ver que estudiar tiene sentido.

 

Porque muchos jóvenes no abandonan la escuela por flojera, como todavía repiten algunos opinadores de sobremesa con vocación de tío regañón. La abandonan porque trabajan, porque ayudan en casa, porque no tienen transporte, porque no se sienten acompañados, porque nadie les explicó para qué sirve seguir estudiando o porque el sistema los fue empujando hacia afuera con discreción burocrática.

 

Una Universidad humanista tiene que mirar eso.

 

Y la UAT de Dámaso Anaya parece estarlo haciendo.

 

El fortalecimiento de sus preparatorias no es un asunto menor dentro de la estrategia universitaria. Actualmente, la institución atiende a más de 5 mil estudiantes en educación media superior, incluyendo sus propias escuelas preparatorias y las instituciones incorporadas.

 

Además, viene el impulso a la Preparatoria de Tampico, que ofrecerá bachillerato general, y la implementación del Bachillerato Virtual.

 

Ese último punto merece atención.

 

El Bachillerato Virtual puede abrir oportunidades para jóvenes que, por distancia, trabajo, condiciones familiares o limitaciones de movilidad, no pueden cursar un modelo tradicional. Bien diseñado, puede ser una herramienta poderosa para ampliar cobertura.

 

Pero también exige cuidado.

 

La educación virtual no debe convertirse en educación de segunda. No debe ser el “ahí arréglate con la plataforma” disfrazado de innovación. Para funcionar, necesita acompañamiento, tutorías, contenidos bien hechos, seguimiento y una estructura que no deje solo al estudiante frente a una pantalla.

 

La tecnología puede ampliar oportunidades. Pero sin pedagogía, se vuelve sólo trámite digital.

 

La UAT tiene ahí una oportunidad importante: construir un bachillerato virtual serio, flexible y humano. Una alternativa que realmente ayude a jóvenes que hoy no encuentran espacio en los modelos tradicionales.

 

Esa sería una aportación de fondo.

 

También es relevante que Dámaso Anaya haya señalado el trabajo de los últimos dos años para mejorar la infraestructura de los planteles. Porque ampliar matrícula sin infraestructura es una irresponsabilidad. Es prometer futuro en salones saturados, con baños deteriorados, techos cansados y estudiantes sobreviviendo a condiciones que no corresponden a una educación digna.

 

La cobertura importa. Pero la calidad también.

 

Ningún joven debe quedarse sin bachillerato, sí. Pero ningún joven debería estudiar en condiciones precarias.

 

La apuesta correcta es doble: más espacios y mejores espacios. Ahí se juega buena parte de la credibilidad del proyecto.

 

La Universidad Autónoma de Tamaulipas está asumiendo un papel que va más allá de la educación superior. Está entrando a la formación temprana de los jóvenes. Está construyendo una ruta que puede empezar en preparatoria, continuar en licenciatura, avanzar hacia posgrado y conectarse con investigación, innovación y desarrollo regional.

 

Esa visión integral es la que debe consolidarse.

 

Porque una Universidad pública fuerte no sólo recibe estudiantes.

 

Los acompaña desde antes. Los prepara. Los retiene. Los proyecta. Los conecta con su comunidad. Los convierte en ciudadanos capaces de transformar su entorno.

 

Y eso empieza, muchas veces, en el bachillerato.

 

Dámaso Anaya tiene razón al poner este tema sobre la mesa. Tamaulipas no puede darse el lujo de perder jóvenes por falta de espacios educativos. No puede permitir que el destino de un adolescente dependa de si alcanzó lugar, si pudo pagar transporte o si su ciudad tenía una opción cercana.

 

El talento está distribuido por todo el estado. Las oportunidades no siempre. Esa es la desigualdad que hay que corregir.

 

La UAT puede ser una herramienta poderosa para hacerlo.

 

En Nuevo Laredo, en Tampico, en Ciudad Victoria, en modalidad presencial o virtual, la Universidad tiene la posibilidad de ampliar la ruta educativa para miles de jóvenes tamaulipecos.

 

Y si lo hace bien, no sólo estará fortaleciendo su matrícula. Estará fortaleciendo el futuro del estado. Porque cada joven que sigue estudiando es una derrota para el rezago. Cada aula abierta es una puerta menos hacia la desesperanza. Cada preparatoria fortalecida es una inversión contra la desigualdad.

 

Y cada estudiante que llega al bachillerato con apoyo institucional está un paso más cerca de convertirse en universitario, profesionista y ciudadano con más herramientas.

 

Eso es lo que está en juego. No un dato administrativo. No una meta de informe. No una frase bonita.

 

El compromiso de que ningún joven se quede sin cursar bachillerato debe convertirse en política permanente, en infraestructura, en docentes, en acompañamiento y en resultados.

 

La UAT, bajo la rectoría de Dámaso Anaya, parece decidida a tomar esa responsabilidad.

 

Y eso es una buena noticia.

 

Pues eso.