La Universidad que sí sale al campo

La Universidad Autónoma de Tamaulipas está haciendo lo que una universidad pública debe hacer en los momentos importantes: poner su conocimiento al servicio de la gente.

Mientras el gusano barrenador representa una amenaza sanitaria y económica para el campo tamaulipeco, la UAT decidió no quedarse en el escritorio, ni en el diagnóstico cómodo, ni en la investigación que termina guardada en un archivo académico. Salió al territorio.

Y eso importa.

El rector Dámaso Anaya Alvarado informó que la Universidad comenzó a utilizar drones para aplicar una barrera química sobre el ganado, con el propósito de inhibir el avance de la mosca transmisora del gusano barrenador. La estrategia, según explicó, es pionera a nivel nacional.

La frase no es menor: “Nadie lo está haciendo a nivel nacional”.

En un país donde muchas veces la innovación se presume en foros, presentaciones y discursos de PowerPoint, la UAT está probando soluciones en Burgos, en Güémez y en las zonas donde el problema ya no es una estadística, sino una preocupación directa para productores, familias y comunidades rurales.

Ahí es donde una universidad demuestra su verdadero peso.

La grandeza de una institución pública no se mide únicamente por sus edificios, sus ceremonias o sus matrículas. Se mide por su capacidad para responder cuando el estado la necesita. En este caso, la UAT entendió que el avance de una plaga no se frena con boletines, sino con ciencia aplicada, coordinación y presencia en campo.

Dámaso Anaya ha insistido en una idea que empieza a definir su rectorado: la Universidad debe estar cerca de Tamaulipas.

No como una frase bonita para discursos institucionales, sino como una línea de trabajo. Una universidad que investiga, pero también resuelve. Que forma estudiantes, pero también los involucra en problemas reales. Que produce conocimiento, pero no lo encierra en laboratorios.

En este proyecto participan 40 estudiantes y cuatro investigadores de las facultades de Veterinaria y de Ingeniería y Ciencias. 

Ese dato revela otra dimensión importante: la UAT no solamente está atendiendo una emergencia sanitaria, también está formando profesionistas con experiencia directa, con sentido público y con conciencia del territorio al que pertenecen.

Eso vale más que muchas clases teóricas.

Un estudiante que participa en una brigada de este tipo entiende mejor la dimensión social de su profesión. Aprende que la veterinaria no es únicamente consulta y diagnóstico, que la ingeniería no es solamente cálculo y diseño, y que la investigación no debe vivir divorciada de la realidad.

La coordinación con el Gobierno del Estado también es relevante. En una crisis sanitaria, ninguna institución puede actuar como isla. El campo tamaulipeco necesita capacidad técnica, respuesta institucional y visión de largo plazo. La UAT está aportando una parte clave de esa ecuación: conocimiento especializado y voluntad de intervención.

El uso de drones para aplicar y evaluar un producto químico, junto con trampas de supresión para reducir la población de la mosca, muestra una ruta interesante para Tamaulipas. 

El estado enfrenta retos complejos en salud animal, producción agropecuaria, medio ambiente, agua, seguridad alimentaria y desarrollo rural. Muchos de esos problemas requieren justo lo que la Universidad puede ofrecer: investigación aplicada, tecnología y talento joven.

Durante años, las universidades públicas han sido vistas por algunos como instituciones encerradas en sí mismas. La UAT está mostrando otro rostro. Uno más práctico. Más útil. Más conectado con el estado.

Y ahí está el mérito de Dámaso Anaya.

Su rectorado empieza a construir una narrativa distinta: la de una Universidad que no solamente acompaña a Tamaulipas desde el discurso, sino desde la acción. Una Universidad que entiende su papel en la salud pública, en el campo, en la innovación y en la solución de problemas urgentes.

El gusano barrenador es una amenaza seria. Nadie debería minimizarlo. Pero también es una oportunidad para demostrar que Tamaulipas tiene instituciones capaces de responder con inteligencia.

La UAT está haciendo su parte.

Y cuando una universidad pública decide salir al campo, subirse a una brigada, usar drones, involucrar estudiantes, activar investigadores y apoyar una cruzada sanitaria, conviene decirlo con claridad: ahí hay una institución viva.

Una Universidad que sirve.

Una Universidad que entiende su tiempo.

Una Universidad que no mira a Tamaulipas desde lejos, sino que se mete al terreno donde están los problemas.

Eso también es liderazgo.

Y en este caso, Dámaso Anaya está llevando a la UAT por el camino correcto.

Pues eso.