Hay palabras que abren puertas.
¿Por qué? ¿Cómo? ¿Y si lo intento otra vez?
La ciencia empieza muchas veces con esas preguntas sencillas. Con una niña que observa. Con un niño que toca, prueba, se equivoca y vuelve a intentar. Con una experiencia que convierte la curiosidad en descubrimiento.
Por eso importa el campamento infantil Amor por la Ciencia 2026, inaugurado por el rector Dámaso Anaya Alvarado en el Campus Victoria de la Universidad Autónoma de Tamaulipas.
La UAT recibió a 310 niñas y niños en la Facultad de Ingeniería y Ciencias. Les preparó 80 talleres. Movilizó a 252 investigadoras e investigadores. Sumó a 139 estudiantes talleristas.
Abrió laboratorios, aulas, espacios universitarios y conocimiento para acercar la ciencia a la infancia.
Eso tiene valor. Mucho.
Porque una universidad pública también debe inspirar antes de formar profesionistas. Debe despertar vocaciones. Debe mostrarle a una niña que puede ser científica.
A un niño que puede ser ingeniero. A una familia que la educación superior también puede empezar como una experiencia de verano, con experimentos, preguntas, talleres y asombro.
El rector Dámaso Anaya lo dijo con claridad: la idea es que los niños pregunten, experimenten, se sorprendan, se equivoquen y vuelvan a intentarlo.
Ahí está el centro del proyecto.
La ciencia no debe sentirse lejana, fría o reservada para unos cuantos. Debe acercarse. Debe tocarse. Debe jugarse. Debe explicarse con paciencia. Debe dejar en los niños esa chispa que después puede convertirse en vocación.
Y la UAT está haciendo eso.
Está usando su fuerza académica para sembrar futuro.
El campamento Amor por la Ciencia ya había pasado por los campus norte y sur. Ahora llegó a Victoria para cerrar su recorrido estatal. Esa continuidad importa porque convierte el programa en una política universitaria con presencia regional.
Dámaso Anaya ha venido empujando una Universidad más cercana a la sociedad. Más abierta. Más útil. Más conectada con las nuevas generaciones.
Este campamento encaja en esa ruta.
La máxima casa de estudios de Tamaulipas no solamente está pensando en los alumnos que ya llegaron a sus facultades. También está mirando a quienes quizá llegarán dentro de algunos años.
Niñas y niños que hoy descubren un microscopio, un robot, una reacción, una explicación, una maqueta, una pregunta científica o una forma distinta de entender el mundo.
A veces una vocación nace así. Sin ceremonia. Sin discurso largo. Con una actividad bien guiada. Con una investigadora que explica. Con un estudiante tallerista que acompaña. Con un niño que dice: “yo quiero hacer esto cuando sea grande”.
La participación de 252 investigadoras e investigadores de la UAT también merece destacarse.
La ciencia necesita salir de los cubículos. Necesita encontrarse con la comunidad. Necesita hablarle a la niñez en un lenguaje claro, cercano y emocionante.
Eso hicieron académicos y estudiantes universitarios al dedicar su tiempo para compartir conocimiento.
Ese gesto también forma comunidad universitaria.
Porque enseñar ciencia a un niño obliga a recordar algo elemental: el conocimiento tiene sentido cuando se comparte.
También fue relevante la presencia del Consejo Tamaulipeco de Ciencia y Tecnología, encabezado por Julio Martínez Burnes, con la aportación del Museo Móvil. La Subsecretaría de Educación Básica se sumó con siete talleres de artes.
Ese cruce entre ciencia, tecnología, innovación y arte fortalece el programa.
La metodología STEAM parte justamente de esa idea: aprender integrando disciplinas, no encerrando a los niños en cajones.
Un experimento puede dialogar con una actividad artística. Una pregunta científica puede terminar en una creación. Una niña puede descubrir que la tecnología también necesita imaginación. Un niño puede entender que resolver problemas requiere observar, diseñar, probar y corregir.
Eso educa. Y educa bien.
La UAT está haciendo una apuesta inteligente al acercar la investigación a la infancia.
Porque Tamaulipas necesita más niñas y niños interesados en la ciencia. Necesita más jóvenes que lleguen a la preparatoria y a la universidad con confianza para preguntar.
Necesita más estudiantes que no le tengan miedo a las matemáticas, a la tecnología, a la ingeniería o a la investigación. Necesita una cultura científica más fuerte.
El campamento no resuelve todo. Pero enciende algo. Y en educación, encender curiosidad ya es un avance enorme.
También hay que reconocer el papel de la Secretaría de Investigación y Posgrado de la UAT, encabezada en el evento por Evelia Reséndiz Balderas. Un programa de esta magnitud requiere coordinación, logística, planeación y respaldo institucional.
Recibir a más de 300 niñas y niños dentro de un campus universitario no se improvisa. Se organiza. Se cuida. Se prepara. Se sostiene con equipos.
Ahí la Universidad Autónoma de Tamaulipas mostró músculo académico y capacidad de convocatoria.
Dámaso Anaya está colocando a la UAT en una ruta donde la ciencia deja de ser un asunto exclusivo de especialistas y empieza a convertirse en una experiencia social.
Eso es correcto.
Una universidad pública debe formar profesionistas, generar investigación y publicar conocimiento. También debe abrir sus puertas para que la infancia mire de cerca lo que ocurre dentro.
Porque el campus puede ser muchas cosas. Puede ser aula. Puede ser laboratorio. Puede ser biblioteca. Puede ser espacio deportivo.
También puede ser el primer lugar donde una niña descubre que su curiosidad vale.
Dámaso Anaya lo resumió en una frase poderosa: cuando una niña o un niño descubre el poder del conocimiento, también descubre que puede cambiar su mundo.
Esa es la apuesta. Inspirar para aprender. Aprender para transformar. La UAT está sembrando ciencia en la infancia.
Y cuando una universidad siembra curiosidad, también está sembrando el futuro de Tamaulipas.
Pues eso.
