La UAT que empieza en la infancia

Una universidad no se mide sólo por sus aulas, sus laboratorios o sus edificios. Se mide por la manera en que toca la vida de la gente.

Y eso es lo que distingue a la Universidad Autónoma de Tamaulipas bajo la rectoría de Dámaso Anaya Alvarado: una institución que no quiere quedarse encerrada en el campus, contemplándose a sí misma como estatua de bronce, sino salir, vincularse, escuchar y sembrar futuro.

La UAT está entendiendo algo fundamental: la educación superior no empieza cuando un joven se inscribe a una carrera. Empieza mucho antes. Empieza cuando una niña descubre que puede imaginarse como médica, agrónoma, ingeniera, veterinaria o científica. Empieza cuando un niño entra por primera vez al mundo universitario y entiende que ahí también puede estar su lugar.

Por eso tiene sentido el proyecto “El Mundo Donde Todo Comienza”, realizado en el CENDI de la UAT, donde niñas y niños convivieron con estudiantes universitarios, participaron en dinámicas, conocieron oficios, carreras, saberes y hasta una mini granja interactiva. No fue sólo una celebración del Día del Niño. Fue una forma sencilla, casi lúdica, de decirles: este mundo también es suyo.

Y eso importa.

Porque en un país donde demasiadas veces la infancia sólo aparece en el discurso político para la foto, acercarla al conocimiento es un acto profundamente serio. Aunque haya globos, disfraces y juegos. Tal vez precisamente por eso. A veces el futuro entra más fácil por la puerta de la imaginación que por la de un PowerPoint institucional, esa herramienta con la que la burocracia ha intentado matar más vocaciones que la falta de presupuesto.

Pero la UAT no se quedó ahí.

También está trabajando desde el CENDI una agenda que debería ser central en cualquier institución educativa moderna: la inclusión desde la primera infancia. La plática “Comprender para acompañar. Encuentro entre padres” abrió un espacio de diálogo sobre educación especial, neurodivergencia, acompañamiento familiar y redes de apoyo.

Ahí hay una visión importante. La inclusión no puede ser un cartel bonito pegado en la pared. No puede reducirse a una palabra que se pronuncia en discursos para que todos asientan con cara de que están en el lado correcto de la historia. La inclusión se demuestra en la práctica cotidiana: detectando a tiempo, acompañando a las familias, formando maestras sensibles, escuchando testimonios, construyendo comunidad.

El respaldo de Familia UAT, encabezada por Isolda Rendón de Anaya, al Departamento de Desarrollo Infantil del CENDI confirma que la Universidad está mirando hacia una educación más humana. Una educación que no expulsa la diferencia, sino que aprende a comprenderla.

Y ese es un cambio de fondo.

Porque durante años muchas instituciones educativas trataron a las niñas y niños neurodivergentes como “problemas” que había que administrar. Hoy la conversación correcta es otra: cómo acompañarlos, cómo adaptar entornos, cómo dar herramientas a las familias y cómo construir espacios seguros. La UAT parece haber entendido que educar también es aprender a mirar distinto.

Al mismo tiempo, la Universidad está poniendo la vista en uno de los temas que marcarán el futuro inmediato: la inteligencia artificial.

El simposio internacional “IA: Habilidades, emociones, redes y profesión” abordó los retos de esta tecnología en la educación, el trabajo, las emociones, la ética y la formación profesional. Y qué bueno que la UAT lo haga, porque la inteligencia artificial no va a esperar a que las universidades terminen de organizar su comité de análisis, su subcomité de seguimiento y su café con galletas para la reunión previa.

La inteligencia artificial ya está aquí.

Está cambiando la manera de estudiar, trabajar, investigar, producir y comunicarse. La pregunta no es si se debe usar o no. Esa discusión ya llegó tarde, con el saco arrugado y preguntando dónde era la junta. La pregunta real es cómo se usa, con qué criterios, con qué ética, con qué preparación y con qué sentido social.

En ese punto, la UAT hace bien en no caer ni en el entusiasmo ingenuo ni en el miedo cavernícola. La tecnología no es magia, pero tampoco es demonio. Es herramienta. Y como toda herramienta, depende de quién la usa, para qué la usa y a quién beneficia.

La Universidad necesita formar jóvenes capaces de entender ese nuevo mundo, no sólo de sobrevivirlo. Porque el futuro profesional de las nuevas generaciones no se va a definir únicamente por lo que sepan memorizar, sino por su capacidad para pensar, adaptarse, crear, decidir y actuar con responsabilidad.

Ahí está el valor de abrir espacios de reflexión académica. Una universidad que discute la inteligencia artificial no está siguiendo la moda. Está intentando llegar a tiempo al debate que definirá buena parte de la educación superior en los próximos años.

Pero quizá el dato más contundente está en la investigación.

Durante su Segundo Informe, el rector Dámaso Anaya destacó que la UAT pasó de 106 proyectos de investigación en 2023 a 139 en 2024 y a 201 proyectos activos en 2025. Es decir, prácticamente duplicó su capacidad científica en dos años.

Ese crecimiento no es menor.

Sobre todo porque, según la propia visión expuesta por el rector, la investigación no se está planteando como un ejercicio académico aislado, sino como una herramienta para atender problemas concretos de Tamaulipas: salud pública, bienestar social, producción sustentable, recuperación de ecosistemas, medio ambiente, cultura de paz, infraestructura, estudios hidrometeorológicos, atlas de riesgos, levantamientos batimétricos y proyectos estratégicos como el Puerto Seco en Ciudad Victoria y el Puerto del Norte en Matamoros.

Eso es lo que debe hacer una universidad pública.

No sólo producir papers para que duerman el sueño eterno en repositorios digitales que nadie visita salvo el autor, su asesor y algún estudiante desesperado a las tres de la mañana. Una universidad pública debe producir conocimiento útil. Conocimiento que sirva para tomar mejores decisiones. Conocimiento que ayude a resolver problemas reales.

La ciencia, cuando se conecta con el territorio, deja de ser una palabra solemne y se vuelve una herramienta de desarrollo.

Y ahí la UAT está ocupando un lugar estratégico.

Porque Tamaulipas necesita universidades que piensen el estado, que investiguen sus retos, que acompañen sus proyectos, que aporten talento, datos, diagnósticos y soluciones. Necesita instituciones que no se conformen con entregar títulos, sino que formen profesionistas capaces de mejorar su entorno.

Dámaso Anaya parece tener clara esa ruta: una Universidad cercana, humanista, incluyente, científica y vinculada al desarrollo regional.

Ese es el punto de fondo.

La UAT que se está perfilando no es una universidad de una sola dimensión. Es una institución que puede celebrar con niñas y niños, acompañar a familias, hablar de neurodivergencia, analizar inteligencia artificial y al mismo tiempo sostener más de 200 proyectos de investigación.

Infancia, inclusión, tecnología y ciencia.

Dicho así, parece un programa institucional. Pero visto con más calma, es una idea de universidad.

Una universidad que empieza en la primera infancia, acompaña a las familias, forma jóvenes, investiga problemas públicos y se proyecta hacia el futuro.

No está mal para una institución que durante mucho tiempo fue vista más como territorio político que como motor de conocimiento.

Hoy la UAT tiene la oportunidad de consolidarse como algo más relevante: una plataforma de transformación social para Tamaulipas.

Y si mantiene esa ruta, la Universidad Autónoma de Tamaulipas no sólo estará formando profesionistas. Estará formando ciudadanía, comunidad y futuro.

Pues eso.