La UAT que compite, se expande y cuida

Hay rectores que administran. Otros que gestionan. Y unos pocos que transforman. En ese último grupo se encuentra por méritos propios Dámaso Anaya Alvarado al frente de una Universidad Autónoma de Tamaulipas, que hoy se mueve con ritmo, visión y propósito.

 

El reconocimiento Sho Dan que le otorgó la Federación Mexicana de Judo no es un gesto simbólico ni una medalla decorativa para el currículum. Es el reflejo de una trayectoria personal ligada al deporte, la disciplina y los valores que este inculca. 

 

Y no es un detalle menor: cuando quien dirige una institución cree genuinamente en la formación integral, esa convicción termina permeando toda la estructura universitaria.

 

No es casual que el evento se haya realizado en el Gimnasio Universitario, durante la eliminatoria estatal CONADE. La UAT se ha convertido en un espacio vivo para el deporte, la convivencia, la competencia sana y la formación del carácter. 

 

En tiempos donde la ansiedad y el sedentarismo se disputan la atención de los jóvenes, apostar por el deporte es apostar por prevención, salud y cohesión social. Y ahí, la universidad está jugando en serio.

 

Pero la gestión de Dámaso Anaya no se agota en el simbolismo del tatami. Mientras el rector recibía ese reconocimiento, la UAT abría simultáneamente su proceso de admisión con una oferta de más de 90 programas educativos, distribuidos estratégicamente en todo el estado. 

 

No es una cifra inflada ni un catálogo para presumir. Es una radiografía clara de hacia dónde quiere ir la universidad: cobertura, pertinencia y modernización.

 

Las nuevas carreras no son improvisación ni capricho académico. Ciencia de Datos, Inteligencia Artificial, Ingeniería Biomédica, Desarrollo Sostenible, Atención Profesional de la Salud, Autotransporte de Carga, Producción Agropecuaria Sustentable… cada programa responde a una necesidad productiva, social o tecnológica concreta de Tamaulipas. 

 

La UAT dejó de formar profesionistas para un mercado abstracto y empezó a formarlos para su propio entorno.

 

Ese cambio de lógica es fundamental. Porque una universidad pública que no dialoga con su contexto termina produciendo títulos… pero no soluciones.

 

Y como si esto no fuera suficiente, la institución dio un paso que revela sensibilidad y profundidad: la creación de la Brigada de Primeros Auxilios Psicológicos. 

 

En un país donde la salud mental sigue siendo un tabú, y donde los jóvenes enfrentan presiones académicas, económicas y emocionales crecientes, esta iniciativa coloca a la UAT varios pasos adelante.

 

No se trata de discursos sobre bienestar emocional, sino de formación real, protocolos, capacitación y atención inmediata. Es reconocer que el desarrollo académico no existe sin estabilidad emocional. Que no hay excelencia educativa sin entornos seguros. Y que cuidar la mente es tan importante como formar la inteligencia.

 

La suma de estos elementos dibuja una universidad que compite, que se expande y que cuida. Que entiende que el aula ya no es suficiente. Que el deporte, la tecnología, la inclusión territorial y la salud mental son hoy parte esencial del proyecto educativo.

 

Dámaso Anaya parece tener claro que dirigir una universidad no es solo administrar presupuestos o inaugurar edificios. Es construir futuro. Y en ese camino, la UAT empieza a consolidarse como una institución que no solo enseña, sino que acompaña, forma y transforma.

 

En tiempos donde abundan los liderazgos ruidosos y escasean los eficaces, vale la pena decirlo sin rodeos: cuando una universidad avanza con coherencia, visión y resultados, el estado entero se beneficia. Y hoy, la UAT está avanzando.

 

Pues eso.