Durante años, a las universidades públicas se les quiso ver como fábricas de títulos.
Aulas, listas de asistencia, ceremonias, fotos con toga, discursos largos y padres orgullosos buscando dónde estacionarse. Todo eso importa, claro. Pero una universidad que solo entrega diplomas termina siendo una oficina de trámites con biblioteca.
La Universidad Autónoma de Tamaulipas, bajo la rectoría de Dámaso Anaya Alvarado, está intentando algo más ambicioso: convertirse en una institución que incide en el desarrollo real del estado.
Y eso cambia la conversación.
Porque la UAT ya no aparece solo como acompañante de protocolo. Aparece como actor. Como aliada técnica. Como generadora de conocimiento. Como puente entre el aula, el campo, la industria y el gobierno.
Ahí está el proyecto para fortalecer la certificación del ganado y la calidad de la carne en Tamaulipas, trabajado en coordinación con el Gobierno del Estado y la SADER. No es un asunto menor. En un estado con vocación ganadera, hablar de certificación, inocuidad, procesamiento y valor agregado es hablar de dinero, empleo y competitividad.
Dicho sin tanto mantel académico: ya no se trata solo de criar ganado y mandarlo fuera. Se trata de que Tamaulipas aproveche más de lo que produce.
Y ahí la UAT tiene con qué entrarle.
El rector Dámaso Anaya lo ha señalado: la universidad cuenta con infraestructura como el rastro Tipo Inspección Federal, con certificaciones de SENASICA, una herramienta que puede ayudar a productores de distintos niveles a acceder a procesos de mayor calidad.
Eso es universidad pública bien entendida.
No la que se encierra en su campus a esperar que pasen los sexenios. La que pone sus laboratorios, sus técnicos, sus investigadores y sus instalaciones al servicio de los sectores productivos.
Y no solo en el campo.
También está la nueva carrera de Ingeniería en Ciencia de Datos e Inteligencia Artificial, impulsada en la Facultad de Ingeniería Tampico. En tiempos en que todos hablan de inteligencia artificial como si fuera magia negra con WiFi, la UAT está formando jóvenes para entenderla, aplicarla y convertirla en soluciones para empresas, gobiernos y organizaciones.
Eso es mirar hacia adelante.
Porque el futuro no va a pedir permiso para llegar. Ya llegó. Y llegó con algoritmos, datos, automatización y una competencia laboral que no va a tener compasión por quienes sigan creyendo que Excel avanzado es ciencia ficción.
También hay que decirlo: la UAT está creciendo. Más de 41 mil estudiantes, nuevas carreras, más de 90 programas educativos y una matrícula que apunta a seguir aumentando. Ese dato no es solo una cifra para presumir en boletín. Es una responsabilidad enorme.
Una universidad con ese tamaño no puede jugar chiquito.
Y Dámaso Anaya parece entenderlo.
La señal más clara vino desde Palacio Nacional, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum reconoció públicamente los proyectos innovadores desarrollados en Tamaulipas con participación de la Universidad Autónoma de Tamaulipas: la modernización de una aeronave de la UAT para monitoreo del Golfo de México, la tortilla de sorgo, la conversión de plásticos en combustible y la tecnificación del carbón vegetal.
Cuando una presidenta voltea a ver lo que hace una universidad estatal, algo se está haciendo bien.
La UAT ha encontrado esa ruta ruta: Una UAT vinculada al desarrollo. Una UAT metida en los proyectos estratégicos. Una UAT que entiende que el conocimiento no sirve de mucho si no toca la vida diaria de la gente.
La llegada de Omar Aguilar a Comunicación y Difusión también es una señal importante: si la universidad está haciendo cosas relevantes y tiene que saber contarlas. Porque en estos tiempos, lo que no se comunica bien, parece que no ocurrió. Por eso su nombramiento tiene mucho sentido.
La UAT está en un momento importante. Tiene rector, tiene rumbo, tiene proyectos y tiene reconocimiento nacional.
Pues eso.
