La UAT: Construir seguridad desde el orden

La seguridad no se proclama: se organiza. Y en una universidad, organizarla significa algo muy concreto: que los pasillos no den miedo, que los accesos no sean un laberinto, que el campus no se apague a las ocho de la noche, que exista una ruta clara para denunciar y ser atendido. Porque cuando la comunidad está en guardia, el aprendizaje se encoge. 

Por eso vale la pena poner atención al trabajo que está empujando la Universidad Autónoma de Tamaulipas con Dámaso Anaya Alvarado al frente: una estrategia integral que combina infraestructura, prevención y respaldo institucional.

En el Centro Universitario Victoria, por ejemplo, ya se estudia la construcción de un nuevo estacionamiento. Suena a tema menor hasta que uno recuerda lo que pasa todos los días: filas eternas, maniobras a ciegas, coches invadiendo espacios, peatones sorteando el caos. 

Esa fricción diaria desgasta, y cuando desgasta también abre grietas de riesgo. Resolverlo no es “consentir” al automovilista; es ordenar un nodo crítico para la movilidad y la convivencia. 

Y el rector lo está viendo en contexto: esa infraestructura complementaría las obras que planea el Gobierno del Estado en las colonias colindantes con el campus, mejorando el entorno y la accesibilidad. Es decir, no es una isla de concreto dentro del campus: es una pieza del rompecabezas urbano.

A ese orden se suma algo todavía más básico: la luz. La UAT está mejorando el alumbrado en los campus de Victoria y Tampico, reforzando acciones de seguridad universitaria. 

Aquí no hay mística, hay sentido común: donde hay oscuridad, crecen la incertidumbre y la oportunidad para el abuso. Un campus iluminado no resuelve todo, pero reduce puntos ciegos, acorta la ansiedad y manda un mensaje práctico: se está cuidando el espacio. 

Para completar ese mapa, se fortaleció el área de Protección Universitaria con vehículos y equipamiento. 

Cuando una institución invierte en capacidad operativa, está diciendo que no quiere reaccionar tarde: quiere prevenir, patrullar, responder mejor y dar certidumbre a quienes trabajan y estudian.

Pero el tema de la seguridad universitaria no puede quedarse en lámparas y rondines. Dámaso Anaya ha insistido en que se trata de un proyecto integral, complementado con el Protocolo para la Prevención de Víctimas de Violencia de Género. 

Ese punto es clave, porque muchas instituciones se quedan en el “no pasa nada aquí” hasta que pasa. 

Tener un protocolo es reconocer que los riesgos existen y que se debe actuar con reglas, con rutas de atención y con una obligación ética: cuidar los derechos. 

En la misma lógica aparece la Defensoría de los Derechos de los Universitarios, con la tarea de atender inquietudes sobre distintos tipos de violencias, sensibilizar a la comunidad y proteger la dignidad de todas las personas. 

Dicho sin adornos: una universidad que escucha y atiende a tiempo evita que el daño se convierta en costumbre.

Y mientras se trabaja en el campus físico, se está fortaleciendo el campus intelectual. No es casual que el rector haya entregado el Premio Universitario 2025 “Dr. Norberto Treviño Zapata”, en la categoría Investigador Joven, al Dr. José Lázaro Martínez Rodríguez. 

Este tipo de reconocimientos, cuando se sustentan en una política institucional, tienen una virtud: envían una señal a los jóvenes académicos de que vale la pena quedarse, producir, crecer dentro de la UAT, y no vivir con la idea de que el mérito es un trámite o una rareza.

El perfil del investigador premiado muestra por qué la UAT está apostando a líneas con impacto real: doctorado en Ciencias de la Computación por el CINVESTAV Tamaulipas, posdoctorado en la misma institución, y proyectos ligados al análisis inteligente de grandes volúmenes de datos. 

Hoy trabaja en modelos para analizar la polaridad en plataformas digitales —territorio donde se incuban campañas, odios y percepciones públicas— y en modelos predictivos aplicados a energías renovables, particularmente en la estimación del potencial de generación eólica. 

Eso es tecnología puesta al servicio de decisiones estratégicas: energía, planeación, inversión, sostenibilidad. Además, se desarrolla en colaboración con el Cuerpo Académico de Ciencia de Datos de la Facultad de Ingeniería y Ciencias y con redes nacionales, lo cual fortalece el ecosistema académico y arrastra estudiantes a proyectos de alto nivel.

Una universidad pública no se justifica solo por existir; se justifica por cómo mejora la vida de su comunidad y por cómo eleva el potencial del estado. 

En ese doble movimiento —espacios más seguros y ciencia joven con pertinencia— la UAT está mostrando una ruta clara. Y el mérito de Dámaso Anaya es que no está tratando estos temas como boletín: los está trabajando como política universitaria. 

Con luz, con orden, con protocolos, con defensoría, y con una apuesta decidida por el talento que viene. Si esa es la dirección, la UAT no solo está administrando un presente: está construyendo un futuro más habitable.

Pues eso.