La Universidad Autónoma de Tamaulipas está sembrando ciencia donde más falta hace: en la curiosidad de las niñas, niños y jóvenes.
Ese es quizá uno de los méritos más importantes del trabajo que impulsa la UAT bajo la conducción del rector Dámaso Anaya Alvarado. La Universidad no se está limitando a formar profesionistas dentro de sus aulas. Está saliendo a buscar talento antes, mucho antes, en las primarias, en las secundarias, en los espacios donde una buena pregunta puede cambiarle la vida a un estudiante.
La destacada participación del Club de Ciencias UAT en las etapas regionales de ExpoCiencias Tamaulipas 2026 confirma que la Universidad está entendiendo algo esencial: el conocimiento no aparece de repente en una carrera profesional. Se cultiva desde la infancia.
Y se cultiva mejor cuando hay acompañamiento.
A través del programa institucional Club de Ciencias, integrado a la iniciativa Amor por la Ciencia y coordinado por la Secretaría de Investigación y Posgrado, la UAT ha construido un puente valioso entre investigadores universitarios, estudiantes y niñas y niños con inquietudes científicas.
Ese puente ya dio resultados.
En la fase regional de Tampico, los representantes del Club de Ciencias UAT presentaron 17 proyectos y lograron un desempeño histórico al quedarse, de manera consecutiva, con los tres primeros lugares de la categoría Pioneros de la Ciencia Kids.
Primer lugar para estudiantes de la Primaria El Arenal con un proyecto de prevención del acoso e inteligencia artificial. Segundo lugar para alumnos de la Primaria Fernando San Pedro con una propuesta de libretas inclusivas en braille. Tercer lugar también para estudiantes de esa misma primaria, con un proyecto de bioplásticos ecológicos.
Ahí hay una lectura poderosa.
Niñas y niños tamaulipecos están hablando de inteligencia artificial, inclusión, sustentabilidad, acoso escolar, accesibilidad y medio ambiente. No desde el discurso adulto, lleno de lugares comunes y frases para quedar bien, sino desde proyectos concretos, asesorados por investigadores, presentados en competencia y evaluados por su creatividad e innovación.
Eso vale mucho.
Porque una sociedad que logra que sus niños piensen en cómo prevenir el acoso, cómo incluir a las personas con discapacidad visual o cómo reducir el impacto ambiental de los plásticos, está formando algo más que buenos estudiantes. Está formando ciudadanos con sensibilidad, criterio y sentido de responsabilidad.
La UAT entendió que la ciencia también puede ser una escuela de empatía.
En Ciudad Victoria, la participación también fue sólida. Doce proyectos fueron asesorados por la institución y estudiantes de la Primaria Francisco Márquez obtuvieron el tercer lugar regional con el desarrollo de un filtro ecológico para la reutilización de agua.
El tema no podía ser más tamaulipeco.
En un estado donde el agua se ha convertido en una preocupación permanente, ver a niños trabajando en un filtro ecológico para reutilizarla debería provocar algo más que aplausos. Debería recordarnos que las soluciones del futuro pueden empezar en una maqueta escolar, en una libreta llena de apuntes, en una niña que se atreve a preguntar por qué desperdiciamos lo que nos hace falta.
Ese es el tipo de pensamiento que una universidad pública debe acompañar.
Dámaso Anaya ha insistido en acercar la Universidad a los problemas reales de Tamaulipas. Lo ha hecho desde la investigación aplicada, desde la vinculación con el campo, desde la ampliación de la cobertura educativa y ahora también desde el impulso a vocaciones tempranas en ciencia, tecnología, innovación y humanidades.
La ruta tiene sentido.
Una Universidad fuerte no espera a que los jóvenes lleguen a sus facultades para empezar a formarlos. Los busca antes. Los escucha. Los orienta. Les presta método, asesoría, disciplina y confianza.
La participación de investigadores de la Facultad de Comercio y Administración de Tampico, así como de la Facultad de Ingeniería y Ciencias en Ciudad Victoria, demuestra que la UAT está poniendo su capital académico al servicio de una causa mayor: despertar talento.
Ese trabajo no siempre tiene la espectacularidad de una gran obra pública ni el ruido de los anuncios políticos. Pero puede tener un impacto más profundo. Un niño que descubre la ciencia a tiempo puede convertirse en investigador, ingeniero, médico, programador, maestro, emprendedor o simplemente en un adulto con más herramientas para entender el mundo.
Y falta nos hacen adultos así.
El Club de Ciencias UAT también deja otra enseñanza: la innovación no pertenece únicamente a los laboratorios de élite ni a las grandes empresas tecnológicas. También puede nacer en una primaria pública de Tamaulipas, con estudiantes bien guiados y profesores que se toman en serio la curiosidad infantil.
Eso es lo que la UAT está logrando.
La fase estatal de ExpoCiencias Tamaulipas, programada para septiembre de 2026, será una nueva oportunidad para que estos proyectos representen a sus regiones y demuestren el talento que se está formando desde abajo.
Pero el triunfo más importante ya ocurrió.
Ocurrió en el momento en que niñas y niños fueron tratados como personas capaces de pensar, crear, investigar y proponer soluciones. Ocurrió en el momento en que la Universidad decidió acompañarlos, no como adorno institucional, sino como parte de una estrategia seria de formación científica.
Ese es un acierto que debe reconocerse al rector Dámaso Anaya y a la Universidad Autónoma de Tamaulipas.
Porque una Universidad que impulsa ciencia desde la niñez está haciendo algo más que ganar concursos.
Está ensanchando el futuro de Tamaulipas.
