Las malas noticias no llegan solas. El viernes 13, Cabeza de Vaca recibió dos de un solo golpe, cortesía del Poder Judicial.
La primera: la suspensión del juez federal Juan Fernando Alvarado, castigado por haberlo favorecido ilegalmente desde los tribunales.
La segunda -y la que más le duele- la negativa del amparo con el que intentaba frenar su orden de aprehensión por delincuencia organizada, lavado de dinero y defraudación fiscal.
En otras palabras: el exgobernador sigue prófugo, y la orden de captura sigue vigente.
Ambas resoluciones llegan justo cuando la Suprema Corte revisa su caso.
Con los antecedentes acumulándose en su contra, un fallo que lo beneficie sería injustificable.
Agotado el camino legal, Cabeza de Vaca recurre a la defensa mediática.
No es nuevo. Ya lo intentó antes sin éxito, pero no le queda otra salida. A menos que decida entregarse.
El problema es que Cabeza de Vaca quiere ser víctima y villano al mismo tiempo.
Esta contradicción no es estrategia: es desesperación.
La clave no está en la estridencia de sus declaraciones, diseñadas para el escándalo, sino en su silencio selectivo.
Cabeza de Vaca tiene temas prohibidos. Asuntos de los que no habla porque una sola palabra lo comprometería.
Ahí están las denuncias de corrupción contra sus exsecretarios. Son tantas que considerarlas como hechos aislados sería ridículo.
El caso más reciente es el de Yahleel Abdalá, su ex secretaria de Bienestar, acusada de irregularidades por 985 millones de pesos.
A su presunción de inocencia no le ayuda haberse negado a comparecer frente al juez en cinco ocasiones. Todo lo contrario.
Lo mismo ocurre con el silencio del exgobernador, un silencio de doble filo. Porque al dejar sola a Yahleel la exhibe y la condena.
En el estilo de Cabeza de Vaca no hay espacio para la lealtad.
Estamos viendo una película de ladrones. Sabemos que la traición llegará, la única duda es cuándo.
Este clima de traiciones explica el trasfondo del relevo en la dirigencia del PAN Tamaulipas.
Otra razón que obliga a Cabeza de Vaca a exponerse mediáticamente.
Su liderazgo a control remoto es una ilusión. Cada proceso legal contra su administración lo debilita.
Hoy Cabeza de Vaca necesita más al PAN Tamaulipas de lo que el partido necesita al exgobernador.
Gane quien gane la interna, heredará una estructura debilitada, sin condiciones reales para ser competitivo.
Pero eso, en realidad, le importa poco.
Cabeza de Vaca no busca un partido fuerte, sino un membrete que le sirva de escudo político y a una clase política que pueda seguir controlando.
El futuro de Acción Nacional en el estado y el de su militancia le resulta irrelevante. Ya lo demostró antes dejando solo a sus liderazgos.
El PAN hoy está exiliado de Tamaulipas. Y mientras el cabecismo lo tenga secuestrado correrá con la misma suerte que Cabeza de Vaca y su camarilla.
La suspensión del juez federal por haber protegido a Cabeza de Vaca y la negativa del amparo en su contra explican, mejor que cualquier declaración, por que el exgobernador se oponía con tanta beligerancia a la reforma judicial.
No era una defensa de principios. Era una defensa personal.
No hay convicción, solo intereses: los suyos por encima de todos.
Así gobernó Tamaulipas.
Así perdió su sucesión.
Y así está arrastrando a su partido.
Solo un terco insistiría en una fórmula que ya fracasó.
Pues eso.