Arrancar el año no es cuestión de buenos deseos, sino de dirección. Y en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, bajo la conducción de Dámaso Anaya Alvarado, el 2025 comenzó con algo mucho más importante que discursos optimistas: una agenda clara de formación, vinculación, talento y conocimiento aplicada a la realidad de Tamaulipas.
Primero, la educación media superior. La reunión con la secretaria de Educación, Lucía Aimé Castillo Pastor, no fue una cortesía institucional. Fue el trazo de una ruta para ampliar cobertura, mejorar calidad y reforzar la equidad en el bachillerato. Educación en línea, innovación pedagógica, inglés, tecnologías de la información y tutorías con acompañamiento real. No es menor: el nivel medio superior es la frontera donde muchos jóvenes definen si avanzan o se rezagan. Fortalecerlo es apostar por el punto de quiebre correcto.
Después, el talento que regresa y confirma que la semilla dio fruto. Un egresado de Economía y Desarrollo Sustentable de la UAT hoy trabaja como consultor para el Banco Mundial en Viena, tras haber cursado una maestría en la University of Cambridge. No es anécdota para presumir en redes; es evidencia de que la formación pública puede competir en escenarios globales cuando se ofrecen herramientas sólidas, movilidad académica y dominio del idioma.
Y mientras unos miran al extranjero, otros están ganando terreno desde las aulas locales. Un estudiante de la Preparatoria Mante obtuvo medalla de oro en la Feria Mundial de Invención e Innovación Juvenil en Indonesia con un proyecto enfocado en fomentar vocaciones científicas tempranas en niños con necesidades educativas especiales. Ciencia con sentido humanista. Innovación con inclusión. No es solo ganar una medalla; es mandar un mensaje: el talento tamaulipeco no reconoce límites geográficos cuando encuentra respaldo institucional.
A la par, la investigación y el posgrado se fortalecen. Becas asignadas por el CONAHCYT, creación de nuevas revistas científicas, consolidación de institutos, impulso a proyectos estratégicos y preservación del acervo histórico del estado. La universidad no solo enseña: produce conocimiento. Y producir conocimiento es producir soberanía intelectual.
Hay un hilo conductor en todo esto: planeación. Nada parece improvisado. La vinculación con el gobierno estatal, el impulso a la media superior, la proyección internacional de egresados, el reconocimiento al talento juvenil y el fortalecimiento del posgrado forman parte de una misma lógica institucional.
No es ruido.
Es construcción.
No es discurso.
Es estructura.
Y cuando una universidad pública logra articular educación, investigación, inclusión y proyección global bajo una misma visión, el impacto se multiplica: más oportunidades para los jóvenes, más capital humano competitivo y más desarrollo para el estado.
La educación no transforma por inercia.
Transforma cuando alguien decide que la excelencia no es opcional.
Y en la UAT, ese mensaje ya está en marcha.
Pues eso.