1.-Hay instituciones que arrancan el año con buenos deseos y otras que lo hacen con decisiones. La diferencia se nota rápido. En la Universidad Autónoma de Tamaulipas, bajo el mando de Dámaso Anaya Alvarado, el 2025 empezó como debe empezar una transformación real: con rumbo, estructura y trabajo medible. No con frases bonitas para redes.
El saludo de Año Nuevo no fue un brindis institucional para la foto con rosca. Fue una declaración política universitaria: más infraestructura, mejores servicios académicos, más becas y una meta incómoda para los mediocres —poner a la UAT entre las mejores universidades del país. Eso no se dice si no se piensa trabajar en serio. Porque prometer excelencia en México es meterse en problemas… cumplirla, más.
2.-La transformación no se grita: se organiza. Y por eso la designación de María Concepción Placencia como secretaria general no es un movimiento decorativo.
Es una académica formada en la propia UAT, con casi cuatro décadas de servicio, experiencia en gobernanza, política pública y vida universitaria real.
No improvisación. No cuotas. Es institucionalidad, esa palabra rara que en muchos gobiernos ya está en peligro de extinción.
3.-Mientras otras universidades públicas se conforman con sobrevivir presupuestalmente, la UAT está fortaleciendo su estructura interna para crecer.
Vinculación con el gobierno estatal, mejora administrativa, orden académico y planeación.
Transformación no es cambiar logotipos: es alinear a toda la maquinaria para producir resultados sostenidos.
4.-El impulso a las becas no es un gesto asistencialista: es una estrategia de movilidad social. Nuevo ingreso, talento académico, deporte, cultura y estudiantes con discapacidad.
Traducido sin discurso bonito: que nadie se quede fuera por falta de dinero.
Una universidad pública que no combate desigualdad está fallando en su misión básica.
5.-Todo esto ocurre al mismo tiempo. No en años distintos. No en planes que se archivan. En semanas. Organización institucional, apoyo social, visión académica y liderazgo claro. Eso es lo que hace una administración que no administra inercias, sino que construye futuro.
La UAT está jugando en otra liga: planeación, profesionalización y transformación real.
Y eso, en tiempos de simulación generalizada, no es poca cosa.
Porque gobernar —también en una universidad— no es posar para la foto.
Es tomar decisiones que incomodan, ordenar estructuras que otros dejaron en desorden y trabajar con metas altas aunque den vértigo.
La UAT hoy no está sobreviviendo.
Está compitiendo.
Y cuando una universidad pública empieza a competir en serio, el impacto no se queda en los campus: se nota en la economía, en la salud, en la movilidad social y en el futuro de todo Tamaulipas.
Eso es transformación.
Lo demás son discursos con café y rosca.
