Nostalgias

Francisco de Quevedo escribió que "cuando decimos que todo tiempo pasado fue mejor, condenamos el porvenir sin conocerlo". El pasado no siempre fue mejor, pero es más fácil de visualizar porque queda congelado en el tiempo.

El nuevo dogma es que la economía iba muy bien en los 70 y que fueron las reformas las que la destruyeron. El llamado modelo neoliberal puede ser obsoleto y haber provocado innumerables fallas, pero la noción de que volver al pasado va a resolver los problemas actuales es pura nostalgia.

Diagnosticar la problemática económica requiere una mínima honestidad sobre la naturaleza del problema que se quiere resolver. Por ejemplo, se parte del principio de que la tasa de crecimiento económico de las pasadas tres décadas (2 por ciento en promedio) fue mediocre, lo que es obviamente cierto. Pero ese promedio esconde más de lo que revela: la economía se ha tornado cada vez más compleja y ha experimentado una gran fragmentación, donde algunos Estados venían creciendo a tasas casi asiáticas en tanto que otros se relegaban. La clave es el porqué de esas abismales diferencias.

El planteamiento de que hay que "mexicanizar a México" no es más que un lema ideológico que ignora la elemental realidad que se ha vivido en estas décadas. Sin duda, los chiapanecos, oaxaqueños y guerrerenses tienen toda la razón en protestar por el enorme letargo en que han caído sus Estados, pues eso se debe en gran medida a lo que han impedido los factores de poder real en sus propias localidades. En contraste, en Aguascalientes o Querétaro es evidente la impresionante transformación que han experimentado. La pregunta relevante es qué han hecho mal los primeros y bien los segundos.

Los nostálgicos que pretenden recrear los 70 tienen razón en que el país es más desigual, pero es imposible recrear aquella era. Primero, ya no existe la combinación de inversión pública (infraestructura) e inversión privada que respondía a un marco de certidumbre producto de un claro entendido entre los diversos factores de la producción y el Gobierno.

Por otro lado, los elevados precios del petróleo que sustentaron aquel momento desaparecieron. Además, la importancia relativa del petróleo disminuyó: el País cambió al petróleo por las manufacturas y los Estados que se incorporaron en esa lógica han ganado empleos y fuentes de ingresos.

Muchas falacias dominan la lógica gubernamental. La primera y más importante porque determina las demás, es que se abandonó el modelo del desarrollo estabilizador por razones ideológicas cuando, en realidad, en los 70 y 80 se hicieron absurdos intentos por prolongar la vida del desarrollo estabilizador cuando sus pilotes de soporte ya habían desaparecido.

El punto nodal es que se abandonó aquel modelo de crecimiento porque la economía ya no crecía. Mientras México vivía la borrachera petrolera, el resto del mundo cambió su forma de producir, volcándose al mercado mundial. Las reformas no fueron más que un reconocimiento de la nueva realidad productiva mundial. Regresar al pasado va a agudizar nuestros males.

La implementación de un nuevo modelo requirió desarrollar nuevas fuentes de certidumbre porque las anclas que habían funcionado antes fueron destruidas en diversos terremotos políticos como el de la expropiación de los bancos. El TLC fue un instrumento cuya esencia radicaba en generar certidumbre para los inversionistas y empresarios. Los Estados que se incorporaron a esa lógica se transformaron; los que no, se rezagaron. Lo imperativo sería entender qué es lo que impide que llegue inversión a los Estados más pobres y actuar en consecuencia, no en la retórica, sino en la realidad.

La evidencia demuestra que factores como los derechos de propiedad y el Estado de derecho son cada vez más importantes para el crecimiento de la economía mientras mayor es el nivel de desarrollo (Acemoglu, Daron, "The Form of Property Rights: Oligarchic vs. Democratic Societies", NBER 2003). Si uno le pregunta a una empresa automotriz qué es lo que le ha llevado a montar una planta en Puebla o Durango y no en Oaxaca o Chiapas, estos factores sin duda serán prominentes en su respuesta. La clave es certidumbre y concordia política.

La tasa de crecimiento es un distractor porque permite imaginar grandes proyectos gubernamentales en lugar de atender la enorme complejidad socio política actual. Es falso el dilema entre crecimiento y estabilidad, como demuestra casi toda la región asiática donde sus gobiernos se han abocado a allanar el camino para la prosperidad. El asunto no es ideológico, sino práctico. Por ahí habría que comenzar.