Cuando un gobernador se para frente a una comunidad universitaria y no solo aplaude, sino reconoce una transformación real, algo importante está pasando. El mensaje de Américo Villarreal Anaya durante el primer informe rectoral no fue cortesía política: fue validación de resultados.
La Universidad Autónoma de Tamaulipas —dijo— volvió a ser pilar de la transformación del estado. Y el responsable de ese viraje tiene nombre claro: Dámaso Anaya Alvarado.
Más matrícula, mejor retención, nuevas carreras alineadas a las vocaciones regionales, investigación con impacto social, infraestructura dignificada y comunidad universitaria revitalizada. No es discurso bonito: son indicadores que hoy colocan a la UAT en rankings nacionales y latinoamericanos.
Y cuando a eso se suma una inversión histórica de más de 444 millones de pesos en modernización de espacios, transporte escolar, becas y tecnología, queda claro que esta rectoría no vino a administrar inercias, sino a cambiar la escala de la universidad pública en Tamaulipas.
Ese es el punto de partida de la UAT de hoy.
A partir de ahí se entiende todo lo demás.
El Premio Nacional de Psicología otorgado a la doctora Venus Bonilla no es un logro aislado: es consecuencia de una universidad que está apostando por ciencia aplicada y atención directa a los problemas sociales.
Desde el Centro de Atención Psicológica en Tampico, la UAT no solo forma profesionistas, sino que atiende salud mental juvenil, conflictos familiares y bienestar emocional en comunidades donde antes no había cobertura real.
Este enfoque humanista es parte central del proyecto de Dámaso Anaya: conocimiento que impacta vidas, no solo expedientes académicos.
Al mismo tiempo, la universidad está saltando al futuro tecnológico.
La alianza con Microsoft para formar gratuitamente a decenas de miles de estudiantes en Inteligencia Artificial es una jugada estratégica de largo plazo. Certificaciones internacionales, habilidades prácticas y acceso masivo al conocimiento digital más avanzado.
No es moda. Es preparar a los jóvenes para competir en la nueva economía global desde una universidad pública.
Y como toda transformación seria necesita estructura, la creación de la Fundación UAT es una decisión clave.
Investigación científica, cultura, equidad social, proyectos comunitarios y fortalecimiento institucional tendrán ahora una plataforma sólida para crecer y multiplicarse. Progreso que deja de depender de coyunturas y se vuelve política universitaria permanente.
Todo esto responde a una misma lógica.
Universidad con impacto social.
Universidad con visión global.
Universidad con infraestructura digna.
Universidad con ciencia aplicada.
Universidad con comunidad viva.
Eso es lo que hoy se está construyendo en la UAT.
Por eso el reconocimiento del gobernador no fue gratuito. Porque lo que se ve es una transformación real, medible y sostenida.
Dámaso Anaya no llegó a administrar una institución cansada.
Llegó a despertarla, modernizarla y proyectarla al futuro.
Y cuando una universidad pública logra hacer eso, no solo cambia su campus.
Cambia el destino educativo de todo un estado.
La UAT del futuro ya no es promesa.
Ya está en marcha y se nota.
Pues eso.