En tiempos donde la política local suele producir más ruido que resultados —mucha inauguración de banquetas mal hechas y cero ideas de largo plazo— hay instituciones que, sin gritar, están construyendo futuro. Una de ellas es la Universidad Autónoma de Tamaulipas, que bajo el liderazgo de Dámaso Anaya Alvarado parece haber entendido algo básico pero revolucionario en este país: que una universidad no está para administrar inercias, sino para transformar realidades.
El año no arrancó con discursos huecos ni promesas de PowerPoint. Arrancó con un mensaje claro del rector a toda la comunidad universitaria: redoblar esfuerzos, fortalecer infraestructura, mejorar servicios académicos, ampliar becas y colocar a la UAT entre las mejores universidades del país. No fue el típico saludo protocolario de “feliz año y ahí se ven”. Fue una hoja de ruta. Una declaración de intención con responsabilidad institucional detrás. En pocas palabras: aquí se viene a trabajar.
Y los hechos no tardaron en acompañar las palabras.
Ahí está el caso de la pitaya. Mientras otros ven una cáscara y piensan en basura orgánica, investigadores de la UAT ven salud, economía y desarrollo regional. Convertir residuos en antioxidantes, en suplementos, en alimentos funcionales no es solo ciencia bonita para congresos académicos: es innovación aplicada a los problemas reales del campo tamaulipeco. Es menos desperdicio, más ingreso para productores y mejores opciones para la salud pública. Ciencia con los pies en la tierra… literalmente.
Lo mismo ocurre con el trabajo sostenido en torno al chile piquín, ese pequeño pero poderoso símbolo de nuestra identidad regional. Dos décadas de investigación, ferias productivas, transferencia de conocimiento y emprendimiento juvenil no se improvisan. Eso es política pública universitaria bien pensada: vincular tradición con tecnología, cultura con economía, comunidad con futuro.
Mientras tanto, en Tampico, más de cincuenta nuevos médicos egresan tras superar una carrera que no se aprueba con discursos inspiradores ni con “échale ganas”. Se aprueba con rigor académico, vocación y constancia. En un país donde la salud pública suele andar en terapia intensiva, cada generación bien formada es una inversión directa en bienestar social.
Y todo esto ocurre al mismo tiempo que la universidad reactiva sus actividades administrativas, abre procesos de inscripción, fortalece su operación institucional y mantiene funcionando una maquinaria académica que, lejos de oxidarse, está tomando velocidad.
Por eso resulta refrescante —casi sospechoso en Tamaulipas— ver una institución pública que no se limita a sobrevivir presupuestalmente, sino que piensa en desarrollo sostenible, innovación alimentaria, salud integral, identidad regional y movilidad social.
Mientras algunos gobiernos municipales se conforman con pintar de colores los problemas para la foto, la UAT está resolviendo desde la raíz: con ciencia, formación profesional y comunidad.
Tal vez por eso no hace tanto ruido.
Pero sí está dejando huella.
Y en estos tiempos, eso vale más que mil discursos de transformación.
Porque transformar de verdad no es inaugurar obras mal hechas.
Es convertir una cáscara en oportunidad.
Un fruto en identidad.
Y un estudiante en futuro.
Eso —aunque no dé trending topic— es progreso del bueno.
Pues eso.