El rector Dámaso Anaya Alvarado recorrió la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales Victoria para supervisar de cerca las obras de modernización que ya transforman al plantel.
Lo acompañaron el director del plantel, Edy Izaguirre Treviño, y el cuerpo administrativo de la facultad. Que un rector recorra personalmente una obra en construcción, y no solo la inaugure ya terminada, dice algo del estilo de gestión: la supervisión no se delega por completo.
La biblioteca concentra la parte más ambiciosa del proyecto. Tendrá cubículos equipados, salas de estudio grupal, áreas de lectura y zonas especializadas para el entorno digital y el desarrollo científico.
Su acervo, de más de 30 mil volúmenes, pasa por un proceso de descarte, vigencia y actualización que no se hacía desde hace años.
Ese detalle importa más de lo que parece: una biblioteca con libros obsoletos no forma abogados actualizados, forma abogados con lagunas.
Depurar el acervo antes de digitalizarlo es la diferencia entre modernizar de verdad y solo cambiar de fachada.
La fase de conectividad que sigue tampoco es un lujo tecnológico: en una carrera donde la jurisprudencia y la legislación cambian cada ciclo, un estudiante que consulta bases de datos actualizadas litiga con mejores herramientas que uno que memoriza un código desactualizado.
La cafetería avanza en paralelo, con techos, pisos, mobiliario y pintura renovados por completo, y una recepción reconfigurada para la convivencia estudiantil.
Suena a detalle menor, pero no lo es: los espacios de descanso inciden directamente en cómo un estudiante vive la universidad día a día, y una facultad que cuida su cafetería está cuidando también la salud mental y la permanencia de quienes estudian ahí.
Durante el recorrido, Anaya Alvarado se detuvo a saludar a los alumnos que cursan el periodo de verano. Ellos mismos señalaron los cambios que ya notan en el plantel.
Es la mejor validación que puede haber: la de quienes caminan todos los días por esos pasillos, y es más contundente que cualquier discurso.
Para el cuerpo docente, la remodelación no es cosmética. Ganan entornos dignos para la investigación, la asesoría de tesis y el trabajo colegiado, lo que se traduce en mejores tesis, más publicaciones y clases mejor preparadas.
Invertir en la infraestructura de los profesores es invertir en la calidad de los egresados. Y en una facultad de derecho, esa calidad se mide después en cosas muy concretas: exámenes de titulación aprobados, plazas ganadas en despachos y juzgados, egresados que sostienen el prestigio de la UAT fuera del campus.
La ubicación de la FDCSV, puerta de entrada al centro universitario, le suma un valor que va más allá del plantel mismo: es la primera impresión que reciben aspirantes, padres de familia y visitantes de toda la UAT.
Un edificio digno ahí funciona casi como carta de presentación institucional, y eso pesa en decisiones tan concretas como dónde inscribir a un hijo.
Dámaso Anaya entiende que la excelencia educativa no se decreta desde un escritorio, sino que se construye biblioteca por biblioteca, cafetería por cafetería.
Con esta nueva biblioteca, la UAT no solo dignifica espacios: mejora las condiciones reales en que estudiantes y profesores hacen su trabajo.
Pues eso.
