“Somos seres humanos, antes de ser panteoneros”: Jonathan lleva 22 años entre despedidas
Ciudad Victoria, Tamaulipas.— A las 7:00 de la mañana comienza la jornada de Jonathan en el Panteón del Cero Morelos. Algunos días toma la escoba para retirar maleza y basura; otros necesita palas y barras para preparar una sepultura o realizar una exhumación.
El trabajo también lo expone al frío de las mañanas y a temperaturas que pueden alcanzar los 40 grados.
Conoce esa rutina desde hace aproximadamente 22 años. Tenía 19 cuando su tío Javier, quien ya trabajaba en el cementerio, lo invitó a integrarse.
Ese empleo se convirtió en el oficio al que ha dedicado buena parte de su vida. Durante ese tiempo ha vivido y escuchado historias que permanecen en su memoria.
Una de ellas ocurrió hace aproximadamente 20 años, durante la exhumación de una joven que había muerto a los 14. Según recuerda, después de permanecer sepultado alrededor de 15 años, el cuerpo se conservaba completo, algo que sorprendió a los trabajadores.
La familia necesitaba el espacio para sepultar a la madre de la joven, por lo que Jonathan y sus compañeros reubicaron los restos. Él considera aquella exhumación una de las experiencias más inusuales de su trayectoria.
Otro episodio ocurrió hace cerca de 18 años. Dos mujeres que acostumbraban atravesar el panteón para llevar y recoger a sus hijos de la escuela comenzaron a gritar y aseguraron haber visto a un niño de aproximadamente cinco años saltando entre las tumbas.
Jonathan y uno de sus compañeros las auxiliaron y buscaron al menor con apoyo de la Policía Preventiva, pero nadie logró encontrarlo. Él no vio al supuesto niño; fue testigo de la angustia de las mujeres, quienes abandonaron el cementerio llorando.
El dolor de las familias, especialmente cuando deben despedir a un menor, ha dejado las huellas más profundas.
Uno de esos casos fue el de una niña de cuatro años que padecía cáncer. Su padre acudió al panteón para preparar la sepultura y le contó que, cuando viajaban rumbo a Monterrey para que recibiera su última quimioterapia, la pequeña preguntó cuándo terminaría todo aquello porque estaba cansada.
La niña murió antes de recibir el tratamiento, según el relato que el padre compartió con Jonathan.
En ese tiempo, el trabajador tenía una hija de aproximadamente seis años. Mientras preparaba la sepultura de la pequeña, una lágrima recorrió su rostro.
“Somos seres humanos, antes de ser panteoneros o servidores públicos”, expresa.
Después de más de dos décadas en el oficio, ha aprendido a realizar su trabajo con profesionalismo, aunque reconoce que nunca se vuelve ajeno al sufrimiento de quienes llegan al cementerio.
Además de preparar sepulturas y realizar exhumaciones, procura explicar con claridad los procedimientos y gastos. Orienta a las familias para evitarles preocupaciones adicionales en medio del duelo.
No siempre encuentra palabras para consolarlas. En esos momentos, recurre al respeto y a la empatía.
Su esposa y sus tres hijas son, dice, la razón por la que cada mañana vuelve a tomar la escoba, la pala o la barra que corresponda.
